
Ayer, 9 de enero, se cumplieron 100 años del nacimiento de Simone de Beauvoir. Yo comencé a leer sus libros en la Facultad recomendados por la Mtra. Maria
Isabel Belausteguigoitia, con quien mantengo una eventual comunicación. Actualmente Marisa -como le gusta que le digan- es la directora del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM Fue Marisa precisamente quien ayer me envió un correo electrónico para hacerme saber de este aniversario.
Simone de Beauvoir escribió ensayo y novelas. De los primeros el más conocido es El segundo sexo, donde expone con claridad su posición feminista. Ella escribió que las mujeres nos creamos en función de los hombres y que para ellos somos fundamentalmente sexo. Propone que la mujeres nos hagamos cargo de nuestra propia creación, independientemente de los hombres y que solo de esa manera lograremos la libertad.
La libertad fue el concepto central de su pensamiento, para ella la libertad es el bien supremo al que hay que aspirar, pero ésta no se da, se conquista. Y se refería desde luego a la libertad de las mujeres, pero también de la libertad de las sociedades, de las naciones, de los pobres, de los viejos, de todos.
Ella encabezó a un grupo numeroso de mujeres que impulsaban la despenalización del aborto en Francia en la década de los 40 del siglo pasado, provocando un gran escándalo ya que todo ese grupo hizo una publicación en prensa donde declaraban que todas habian abortado alguna vez.
Pero bueno, por encima de todo esto, a Simone de Beauvoir se le considera madre del feminismo.
No una, ni dos, ni tres veces, sino muchas más, me han tildado de feminista. No es un término que me guste, no me remite a la claridad de pensamiento de esta escritora, sino a una lucha de sexos que generalmente deriva en conflictos. Me remite al Mujeres al poder, de los años 60 y 70, que siempre me ha sonado más a revancha que a equidad.
En lo que creo es en la equidad de géneros como un factor que convierte en algo tangible una democracia. Creo también que todavía nos falta mucho por recorrer, a hombres y mujeres, para lograrlo.
La manifestación más cruel y evidente de esto me parece que es la violencia de los hombres hacia las mujeres. Muchos hombres la niegan, más mujeres la ocultan, pero los datos duros son claros, las historias que se cuentan entre mujeres son reales y las secuelas que esto deja en las mujeres y en sus hijos están comprobadas y documentadas.
Siempre he pensado -y es una reflexión que vine desde que tomaba clase con Marisa- que la educación es un camino para ir abonando hacia esa deseada equidad de género y esa necesaria democracia.