

Nos quedamos en un hotel a la orilla de la Barranca de Urique, la misma que visitamos desde Pasada Barrancas pero varios kilometros más el poniente. Ahi la vegetación es mucho más verde, el bosque tiene más pinos y ya no se siente tanto frio.
Ahi conocimos a un señor Rarámuri que había corrido y ganado el maraton de New York. Desde luego es toda una leyenda en Cerocahui, actualmente vive solo -bueno, con varios gatos, gallinas, perros, vacas y chivos- tiene un terreno de cultivo, árboles frutales y una pequeña y muy aseada choza de adobe. A diferencia de la otras personas Rarámuris, él tiene una amplia sonrisa, facilidad de palabra y confianza en los otros. Platicamos unos minutos con él, de su tierra, de una hermana que tiene en Hermosillo, de lo que comía en la infancia. Nos dijo que el estaba destinado a vivir ahi por que ahi habia nacido y que le gustaba más que nada y era feliz. Cuando nos despedimos por el viento frio que comenzaba a llegar nos regaló una manzanas de su huerto y nos fuimos caminando al hotel. Yo me quedé con esa sensación tan propia de los citadinos en la que se anhela una vida más sencilla de la que nos impone vivir en la ciudad más grande del mundo, como si de pronto toda esta segunda naturaleza que nos cubre y protege -coche, edificios, ropa, telecomunicaciones, protector solar, vitaminas en cápsula, agua entubada y ejercicio en la escaladora- la sintiera superflua. Construir la felicidad es un reto único para cada persona y sin duda se genera muy cerca del corazón y lejos de lo que se posee.
Dejo una vista del pueblo de Urique, junto al rio del mismo nombre en la Barranca que se llama igual.
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