viernes, 29 de febrero de 2008

El sentido del dolor

Para captar la esecia del dolor, habría que entender el núcleo de lo bueno igual que el de lo malo.
Nils Christie

La sociedad tiene autorizado infringir dolor sobre las personas de manera deliberada. Esto pareciera contrario a los valores deseables de bondad y de perdón. Sin embargo, no hacerlo se opone a otro valor deseable: la justicia. Este es el centro de discusiones morales, religiosas, políticas y jurídicas que han acompañado al hombre siempre y que se relacionan con la bipolaridad bien -ausencia de dolor-, mal - dolor-.

Pero el dolor tiene otros orígenes, aquellos que se provocan por una profunda aflicción a los que nos quebrantan el espíritu desde el propio cuerpo: el dolor provocado por una enfermedad o dolencia corporal, a una experiencia de este tipo quiero referirme.

Cuando empezó aquel dolor me pareció como una visita indeseable y sorpresiva, como algo que debía atenderse rápido para que rápido concluyera. Unos fármacos, el hombre se ha tomado muchos años de su proceso de evolución en buscar drogas que controlen el dolor y esto nos ha hecho soberbios ante el resto de la naturaleza, nos creemos por encima de todo por poder disminuir ese factor que puede controlar la supervivencia de las especies.

Mi soberbia duro poco, después de una excesiva dosis de analgésicos que no logró nada apareció el humano solo, con su cuerpo, su espíritu y su dolor.

Cuando el dolor ya es inminente y parece incontrolable hay poco qué hacer: desear que pase, anhelar el momento previo cuando no existía, decirse a sí mismo que es pasajero. Pero con el paso de los minutos, que parecen horas, te das cuenta que ahi va a estar, que se acomoda y toma un sitio en tu cuerpo y desde ahi te empieza a reducir, a postrarte, no puedes escapar por que tu mismo te haz convertido en tu dolor.

Y entre las respiraciones que empiezan a entrecortarse y las ondas expansivas del dolor quedas como innerme, sin moverte y una fatiga lo invade todo. No cabe el llanto, aunque si aquello estallara, serían rios, mares de lágrimas.

Entonces empiezas a preguntarte por qué ese dolor, por qué su presencia en ti y en todos los que quieres y en todo el mundo y recuerdas el dolor que has presenciado y te reduces más ante él.

¿Por qué el dolor? ¿Por qué la naturaleza, el orden universal, Dios, está permitiendo esto, que apenas es un grano de arena frente al dolor del mundo? Y el espíritu, finalmente, empieza a rogar a lo Divino que termine, que vuelva a ser un humano y no un amasijo de músculos doblegados. Pero... ¿tengo derecho a pedir? Y de pronto, sin moverme ni un centímetro cae en mi memoría todo el dolor que yo he provocado, no el físico, sino otros, que no son menos terribles. Y recuerdo mis justificaciones, mi indiferencia, mi ignorancia, mis errores, todo aquello que sé que fue dolor para otros. Se me caen las caretas y me veo, también yo lo he provocado y siento una enorme compasión por los otros y me duele su dolor y me duelen mis errores.

Entonces todo estalla y desde mis visceras, pasando por mi corazón y mi garganta emerge un mar de llanto incontrolable, fluido, vigoroso. Pero no lloro por el dolor de este momento, sino por ver el de los otros, los que están cerca de mi y los que no lo están, y quiero ser buena y que nadie sienta dolor.

Y así, el llanto va creciendo y el dolor y las lágrimas me reducen más, hasta que como un luz lo notas, está pasando, ya no está en el pico más alto, está cediendo, poco a poco, la respiración regresa a ser normal y puedes moverte, está terminando, otra vez eres humano. Te siente purificado, libre y más bueno.

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